REFLEXIONES
California dreams are only dreams
Viajar es una especie de castración de lo imaginado. Un viaje salvo que se haga obligado o por trabajo es en definitiva la realización de algo deseado, uno de tantos sueños y muchas veces esa culminación es pobre y limitada como lo es la realidad. ¿Viajar o imaginar? Esa es la cuestión.
Me he pasado 43 años de vida viajando imaginariamente por los Estados Unidos y he disfrutado tanto… Los grandes lagos, las montañas del norte, la gran manzana, las cataratas del Niágara, vistas apoyado en la barandilla desde la que Superman se lanza a salvar al chico que se acaba de caer al vacío, la ruta 66 a lomos de una chooper, las luces de Las Vegas, las avenidas de Los Ángeles en un Chevrolet descapotable con tres melenas rubias ondeando, los surferos de Malibú, las estrellas de cine besando el suelo en Hollywood Boulevard, los fornidos chicos haciendo footing con el caniche, los tranvías en las calles de San Francisco, y un sinfín de estampas y momentos inolvidables que se han derrumbado en mi primer viaje a California.
De repente estoy allí, después de 12 horas de vuelo con escala en Heathrow y tengo la sensación de haberme equivocado de avión. ¿Dónde está lo que he visto en la tele e imaginado en mi mente viajera? Nada que ver con la realidad, porque precisamente donde empieza la realidad termina el sueño, esa implacable verdad que supura de lo cotidiano, de la naturaleza de las cosas, y te topas con la basura, con la miseria, con la opulencia y con la apariencia de una sociedad americana aburrida, tiquismiquis y maquillada a la que le falta sólo el té de las 5 y conducir por la izquierda.
Sí, ¡qué pasa!, me ha decepcionado la California que he conocido. ¿y qué? En este fugaz flirteo con la costa Oeste, en San Francisco y Los Ángeles se han desvanecido muchas de las imágenes que me había hecho. Tendré que volver con otra mirada pero al menos volveré sin la pesada mochila de la imaginación que se había llenado de bellas postales, de momentos en technicolor, de luz y de acción.
Es difícil sustraerse al influjo de lo exterior, de la sobreabundancia de bienes materiales que te rodean en California y de la miseria humana que deambula por las calles de Los Ángeles empujando un carro de supermercado oxidado lleno de retales de una vida que se arrastra de banco en banco con las piernas amoratadas y las barbas mugrientas.
Hay mucho loco deambulando por las calles de Los Ángeles. ¡Hey men, give me one dollar!. Unos piden, otros simplemente están.
Con un cambio rápido de mirada puedes ver un homeless a la izquierda y un Bentley de 200.000’$ a la derecha, una anciana abandonada en un banco y una rubia inmaculada saliendo de la tienda de ropa, una chabola adosada en la 33 street y un palacete en Beverly Hills conviviendo pacíficamente.
Este mundo se ha vuelto del revés. Los pobres se hunden en la miseria y los ricos flotan en su opulencia.
Alguien me ha sugerido que quizá no he estado el suficiente tiempo en EEUU ni he conocido otros lugares del país como para emitir un juicio al respecto. Tiene razón. De haber tenido más tiempo habría escrito un libro entero de este pueblo que domina el mundo careciendo de historia. Extraño maridaje diría yo.

Los Ángeles, diciembre 2015
© Miguel Ángel Blázquez
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