MOMENTOS
4:51 de la madrugada. Insomnio, Ibuprofeno y cava catalán
Esta es la red social que más me gusta, la del abrazo, la del café con alguien, una comida con personas, un beso, una caricia y en el altar de todo ello el amor, el corporal y el espiritual como la forma más sublime de esta red. Para el sexo rápido ya se han inventado Tinder (y disculpen los que lo utilicen para conocer gente sin acabar en el catre tras la primera cita). El otro día, tomando un café real, en un bar real con @uneditor, es decir con Pablo Velasco, entendí que el cara a cara es la única red auténticamente social, la que mejor se me da y en la que tengo muchos más amigos que en Facebook y bastantes más seguidores que en Instagram y Twitter. Siempre he sido muy crítico y algo negativo con estas formas de relación virtual. “Redes a-sociales, el refugio para la soledad del hombre moderno” (2015) o “Me voy, Sr. Linkedin” (2018) son algunos artículos que he escrito en los últimos años y si puedes leerlos verás que mi relación con las RRSS no es de lo más afectiva. Precisamente porque soy un hombre que necesita el contacto humano para vivir me cuesta mucho levitar en los mundos virtuales y bastante tengo ya con mis fantasías. Yo no quiero seguidores en una pantalla, yo necesito compartir mi vida con personas “desvirtualizadas”. Dicho esto volvamos al café, ese momento en el que descubro que Pablo Velasco, (@uneditor) es menos serio de lo que aparenta ser en su perfil de las redes y descubro también que poco a poco crece el afecto entre nosotros. Aparecen aromas de una humanidad que no puedes degustar de igual forma en un móvil aunque para ello tengamos que tomarnos varios cafés y dejar pasar unos meses pero qué más da. Todo lo que expongo se refiere a la básica necesidad que tiene el hombre de relacionarse con los demás. No hace ni un mes que abrí mi cuenta de Instagram @mabescritor y tras intentar conciliar mi vida real con la virtual he decidido “descansar” de esta red sine die. No se trata de ir en contra de las RRSS o sumarse a la moda del Digital Detox, sencillamente he valorado pros y contras y el resultado de contras es aplastante. Instagram me hace perder mucho tiempo, me genera ansiedad, me distrae continuamente, me resta tiempo para leer y escribir y para estar con los demás, «estar» que no es lo mismo que darle a «me gusta». Además me afecta anímicamente, hace que mi narcisismo crezca (ahora que mi terapeuta me había ayudado a controlarlo) y la envidia, la comparación, el estrés visual y otras tantas cosas aparecen de nuevo. Hay más pero con esto creo que se entiende y me “obliga” a estar permanente mirando el móvil con el riesgo añadido de perder los 12 puntos del carnet de conducir en dos descuidos. NECESITO SILENCIO PARA TRABAJAR. Es posible que las redes sociales tengan muchas cosas buenas que obviamente desconozco o no necesito pero lo que tengo claro es que no soy una influencer con 1000k de seguidores que vende bikinis haciéndose selfies en Bali ni me dedico a hacer bailecitos con cincuenta años en Tik Tok para ganarme unas perrillas. Las razones que he expuesto son decisivas para llevar a cabo esta especie de eutanasia virtual sin ningún conflicto moral. Hace tiempo ya pasé por esta misma experiencia con Linkedin. El 90% de las personas que me habéis seguido en Instagram sois familiares, amigos y conocidos con los que mantengo un contacto directo y en muchos casos hemos disfrutado de un café o una cerveza juntos y podemos seguir haciéndolo aunque yo me vaya de la red. Sinceramente no tiene sentido en mi caso estar esperando todo el día a ver cuántos habéis visto mi última publicación o una historia y cuántos le dais al corazoncito dichoso. De la tiranía del “me gusta” hablaría sin parar pero lo dejo aquí. Todos los cometarios que he recibido de personas que han leído mi primer relato hasta ahora, me han llegado directamente por WhatsApp y además son cosas que la mayoría me ha dicho con mayor libertad que si lo hubieran hecho por Instagram entre otras cosas porque la mayoría de mis “contactos” no lo utiliza. Lo acepto, soy de una generación desfasada para “insta”. Mi hijo pegando saltos con un skate tiene miles de seguidores y sus videos los ven otros tantos miles. Yo escribiendo, apenas he llegado a 100 seguidores invirtiendo un porrón de horas y mis historias las han visto 30 followers como mucho. No me salen las cuentas. Yo no escribo para un centenar de seguidores. Escribo para el mundo entero de habla hispana, de momento. Definitivamente Instagram no es el medio por el que mi relato, La última palabra de Albert Camus, va a ser conocido. Estoy convencido de que el “boca a boca” de toda la vida es una de las redes sociales más potentes que existen. Yo confío en ella para que mis libros sean leídos y descubiertos. La experiencia ha sido interesante pero como en su día le dije al Sr. Linkedin, hoy le digo lo mismo al Sr. Zuckerberg: me piro. Si queréis encontrarme tenéis mi página http://www.miguelangelblazquez.com y mi móvil 653 866 522. Un abrazo y gracias de corazón. P.S. No llevo ni una hora desconectado y ya empiezo a respirar mejor. ¡Qué cosas tienen las redes! 

© Miguel Ángel Blázquez
29 marzo 2022
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