REFLEXIONES
El primer día de mi vida de estudiante... con cuarenta y cinco años
Cuarenta y cinco años, sí, han pasado todos estos lentos, complejos y apasionantes años de mi vida hasta llegar a este pupitre, el pupitre número 1 de la sala principal de la biblioteca del Ateneo de Madrid. En la repisa de madera que hace las veces de soporte para las lámparas de latón de época han colocado una placa que reza, «En este pupitre leía siempre D. Bernardo G. de Candamo, bibliotecario de la junta de gobierno (1934-1939) que custodió el Ateneo durante la Guerra Civil. En agradecimiento a su excelente labor».
Y aquí estoy sentado yo, el mismo lugar en el que este señor de apellido compuesto leía mientras ahí fuera se estaban matando a tiros los «hunos contra los hotros». Intento retrotraerme a cualquier día de 1938 o a los momentos más crudos de la batalla por Madrid y se me hace cuando menos complicado pensar que D. Bernardo pudiera estar aquí tan tranquilo leyendo los Episodios Nacionales mientras en la calle Prado se estaban pegando tiros rojos y falangistas. Yo creo más bien que estaría tiritando de miedo y de frío porque hoy, miedo no tengo pero frío mucho, un frío que se instaló aquí hace más de un siglo y que habita en esta sala con pleno derecho, un frío silencioso, oculto, un frío que comienza helándome las extremidades inferiores y acaba por congelar hasta la última de las ideas que traía reservadas para mi novela.
Traigo a colación una cita leída por el hijo de D. Bernardo, D. Luis G. de Candamo en su conferencia del 23 de octubre de 2008 cuando contaba con la friolera de 86 años algunas de las vivencias de su padre al frente del ateneo en los años crudos de la «Guerra incivil» como la denominaba.
Con la distancia del tiempo; de la inserción del tiempo en la carne, como decía Unamuno, he aprendido a reflexionar sobre la personalidad de mi padre, consagrado a mantener en el Ateneo un refugio de recogimiento y estudio, al margen del desenfreno exterior y las escenas desgarradoras del mundo circundante. Cotidianamente, a las diez de la mañana, cuando había pasado el habitual bombardeo madrugador de un trimotor al que los madrileños habían bautizado ingeniosamente como “el lechero”, se dirigía Candamo hacia el Ateneo. Al pasar por Cibeles, solía coincidir con el ataque de las baterías de la Casa de Campo. Como si se tratara de esquivar una lluvia de primavera, continuaba su marcha amparándose en la fachada del Banco de España. Un día, alguien que le conocía, avanzó el brazo desde un portal y le introdujo con violencia en el zaguán: -«Don Bernardo, está usted loco caminando impávido entre la metralla, ¿no siente el temor de que puede caer descuartizado?». Mi padre hizo un gesto de indiferencia. El interlocutor, sin dejarle salir hasta que se apaciguara el ataque, sentenció categórico -«Pues eso, don Bernardo, no es valor: ¡es falta de imaginación!».
Esta actitud de impavidez, ajena a la épica, configuraba el carácter del habitante de la ciudad sitiada, en la que cada uno sobrevivía sin exageración ni fiereza. Era la figura del antihéroe, ajena a la dramaturgia, aunque con el corazón desolado.
(…)
Las circunstancias no eran propicias para sostener un Ateneo culto y libre, como quisieron los fundadores, donde pudieran convivir hombres de todas las ideas, pero el viejo ateneísta Bernardo G. de Candamo no podía abandonar ante la policía al hombre que lee. Algunas veces, los indagadores aficionados o profesionales irrumpían en busca de alguien que permanecía en la biblioteca, ya fuera un sacerdote camuflado o un ingeniero, ruso blanco, dedicado a calcular estructuras de importantes edificios.
El conserje Antonio Torres, avisaba a mi padre: -«don Bernardo, vienen a buscar al ruso blanco»…Mi padre, advertía inmediatamente al perseguido para que pudiese tomar las de Villadiego por la escalera de la adjunta casa de la calle de Santa Catalina, propiedad del Ateneo.
¡Claro!, ahora lo entiendo, en esta sala impresionante y anclada en el tiempo no estudia nadie, los que ya se saben la tostada están en la otra sala contigua, menos ostentosa pero más recogida, con techos más austeros y que permiten rebotar al calor de las estufas.
Es mi primer día de «ateneísta» practicante, palabra fea donde las haya, (casi más bonita es antenista) y como el que va a la universidad por primera vez he pagado la novatada. Hoy siento que empiezo a estudiar, que empieza mi vida de estudiante, jamás había hecho algo así porque mi vida sencillamente se está desarrollando al revés en muchas cosas, y ésta es una de ellas.
Volviendo al pupitre no me resisto a describir cómo es este maravilloso espacio de no más de un metro cuadrado en el que pueden suceder cosas impensables. Imagino aquí a D. Miguel de Unamuno, el primer autor del que conseguí acabar un libro entero, «Por tierras de Portugal y España» y como decía siento que estuvo aquí al lado en cualquiera de los 56 pupitres de esta sala y la sangre empieza a calentar de nuevo mi cuerpo escarchado.
Me pregunto si la artritis de D. Miguel no se la ganó a pulso en las horas de biblioteca en el Ateneo.
Unamuno sacaba del bolsillo con frecuencia ajos crudos, perfectamente pelados, con los que pretendía combatir, por consejo de los pastores salmantinos, sus agudos dolores artríticos. Luego extraía de la faltriquera una bola de miga de pan que amasaba vehementemente entre el índice y el pulgar. Justificada esta manía con su temor a perder en sus dedos la agilidad necesaria para escribir, porque se negaba a introducir en su trabajo la dactilografía.
«Entre la idea y la palabra escrita no puede haber interferencias», decía.
Unamuno es sin duda uno de mis inspiradores y con quien tengo una relación muy especial, como con García Morente y otros muchos autores que he ido descubriendo, muchas veces gracias a uno de ellos que en una cita me ha presentado al otro y así hasta hoy.
Bueno, yo iba a hablar del pupitre y ya me he ido por los cerros de Úbeda. Esto es propio de mi carácter hiperactivo no tratado. A estas alturas casi prefiero dejar mi hiperactividad como está porque a pesar de que ha sido uno de los motivos por los que he sido incapaz de estar sentado en un pupitre sin liarla más de una hora, también me ha aportado cosas estupendas y si estoy hoy aquí es sin duda por ello también.
A ver, ¡volvamos al dichoso pupitre!, De este espacio en el que me encuentro lo que más llama mi atención es el cenicero insertado en la viga de madera que hace de unión entre grupos de catorce pupitres, siete a un lado y siete a otro. Un cenicero para cada dos socios. Hoy tengo en esta sala veintiocho ceniceros para mi y no los voy a usar. Giro la cabeza e intento imaginar este lugar, ahora vacío y frío, cargado del humo de cigarros cuando se podía fumar aquí y no logro hacerme a la idea de cómo podían aguantar semejante tortura. Gracias a Dios los tiempos han cambiado y eso ya no es posible ni en el Ateneo ni en ningún local público.
Por su propia seguridad y siguiendo las instrucciones expresas del cuerpo de bomberos del ayuntamiento de Madrid, a partir del día de hoy, queda prohibido fumar en esta sala. 
La junta de gobierno
Madrid, 4 de junio de 2004
Podían decir PROHIBIDO FUMAR y basta pero hasta los carteles de aviso están impregnados del carácter lírico de este lugar.
Otra vez me he vuelto a despistar de mi objetivo. Parece labor imposible para mi el empezar una cosa y terminarla sin perder la concentración con la primera mosca que revolotea en la sala pero aun así espero que no sea impedimento para hacerle disfrutar ahora como si estuviera sentado en este pupitre que intento acabar de describir.
Diría que es cómodo, con una pieza sobre elevada que obliga a adoptar una posición erguida, que será buena para la espalda imagino, y entre uno y otro, en un nivel inferior, hay un espacio para depositar los libros de consulta. Esto parece tener el mismo horizonte vital que el cenicero. Llegará un día en el que se prohibirá el uso de libros de papel en lugares públicos por la alergia que puedan provocar las fibras de celulosa a uno de cada cien mil habitantes. En este hueco apoyo hoy el móvil pero conociéndome poco a poco se irá llenando de tomos de consulta. Porque libros hay unos cuantos en el Ateneo. Una biblioteca espléndida a mi disposición.
Cada mesita tiene un tapete de cuero verde mugriento enmarcado por una pieza de madera gastada en la parte inferior por el roce de las muñecas o los antebrazos de los estudiantes, escritores y todos los que han dejado aquí su impronta y el espacio para las piernas es amplio y cómodo. En la parte superior hay una plaquita con el número del pupitre y coronando este pequeño monumento una lámpara de latón con bombilla de filamento, como las de antes, que utilizo de vez en cuando a modo de estufilla para calentarme las manos y rematando el conjunto vintage, un cordelillo que sirve de clavija para encender y apagar.
El sonido de ese cordel es lo único que rompe el silencio de este paraíso en medio del bullicio de Madrid. Un sonido impreciso y breve que acciona el haz de luz de las características lámparas del Ateneo. Un sonido que anuncia el inicio de un tiempo de silencio, de trabajo, de estudio, de placer impagable hasta que la luz se apaga, señal de que hay que bajar a tomar un café en un descanso o volver a la realidad. Porque este es un lugar en el que uno puede desconectar totalmente de la realidad… pero con cuidado.
¡Te volverás loco! Me dice mi suegro, histórico socio del Ateneo lo que quiere decir que habla con conocimiento de causa.
Pero en esta sala hay que alzar la cabeza para disfrutar del increíble lugar en el que me encuentro. Tres plantas de estanterías repletas de libros a las que se accede por dos escaleras de caracol que junto a las galerías que rodean el espacio y el magnífico lucernario que corona el conjunto conforman una sala de arquitectura única y original. Me siento un privilegiado por poder estar hoy aquí y sinceramente creo que pocos lugares hay en Madrid como este para empezar mi «carrera» de escritor.
Acudían a la biblioteca contadas personas, entregadas a la lectura con mayor placer que nunca, sin propósito alguno de preparar comunicaciones ni estudios. Leer por placer, sin exigencias de ninguna clase, pudiendo elegir entre cuatrocientos mil volúmenes era un gozo para quienes siempre habían tenido que cumplir un plan previsto. Era dejarse seducir por una inteligente bohemia como los poetas románticos.
Y es en estos tiempos difíciles para el viejo Ateneo cuando puedo aún disfrutar de los estertores de una institución que está en los huesos, embargada por la hacienda pública y con los días contados salvo que venga un acaudalado banquero y a través de alguna fundación saque a flote este viejo pecio que hace agua por todas partes.
Cada vez que hablo del Ateneo la gente pone cara de circunstancia y yo desisto de intentar dar explicaciones porque sé que en el fondo, racionalmente tienen toda la razón pero hay algo que es pasional y la relación que tengo con el Ateneo  y la que seguro tienen muchos de los que han pasado por allí, podría decirse que es una especie de affair, un amor platónico, algo que no se puede explicar pero que tampoco se puede olvidar.
Yo espero poder disfrutar algunos años más de este lugar único en Madrid antes de que lo conviertan en la sede de una empresa de internet, de alguna fundación o de alguna secta americana para la salvación del mundo.
¡Larga vida al Ateneo!, aunque esté en los huesos y con los buitres del consejo de gobierno, hacienda, la oposición y los aprendices de político arrancándole ya los últimos colgajos de carne viva.

29 junio de 2017
© Miguel Ángel Blázquez
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