REFLEXIONES
Redes a-sociales, refugio para la soledad del hombre moderno
En la era de la comunicación el hombre tiene cada vez más dificultad para relacionarse. Las redes a-sociales han supuesto una revolución tecnológica pero me temo que también han provocado el inicio de una preocupante decadencia humana. Por un lado de la moneda vemos lo atractivas que son las nuevas formas de comunicación y las infinitas posibilidades que nos ofrecen con un simple teléfono móvil pero la otra cara de la moneda es la más compleja y dramática. Hay una cara brillante y muy aparente y otra cara mate y cada vez más deteriorada por la falta de uso. 
Después de mucho resistirme he ido adentrándome poco a poco en las redes a-sociales y ya he “salido” de Linkedin después de dos años con un perfil activo, no me entiendo con Facebook, tonteo con instagram y de momento no he seguido el vuelo de Twitter ni la pista de otras que desconozco como esas de ligoteo y “follamigos” que me han contado que están a la orden del día para buscar pareja esporádica. Es divertido eso de “reencontrarte” con compañeros del colegio a los que perdiste de vista hace años, con colegas del trabajo de los que te separaste al dejar la empresa, con ex novias a las que ya no reconoces, con enemigos a los que no querrías volver a ver ni en su lápida pero, lo más alucinante es que con unos cuantos click´s y después de regalar tus datos a los gigantes de internet eres amigo, te han aceptado o estás enlazado con cientos, miles, millones de personas a las que no conoces. De repente, por arte de magia viral has dejado de estar solo y empiezas a recibir invitaciones, aceptaciones, menciones, valoraciones, y sin más, ahí estás, ¡En las redes a-sociales!, eso sí, solo y frente a una pantalla.
¿Esto es todo? La verdad, me esperaba un poco más. No sé, que fuera más adictivo, que tuviera que ir al psicólogo para desengancharme pero sigo pensando más o menos como antes.
No puedo negar el inmenso potencial comercial o la revolución laboral que representan las redes a-sociales pero, pienso que las redes enfocadas al ámbito de uso “privado”, me parecen el perfecto refugio para la soledad del hombre moderno. Las personas han perdido, hemos perdido el hábito de relacionarnos físicamente y no me refiero al contacto físico-sexual que, de momento, es el que aún salva esta situación a pesar de la instintividad animal dominante en las relaciones afectivas. Parece que la realidad aumentada viene pisando fuerte y en breve encontraremos humanos copulando con máquinas. Me refiero al hecho de favorecer el encuentro con otras personas como forma de relación más real, enriquecedora y positiva que la relación virtual.
Una persona que tiene un círculo de amistades en el ámbito personal/familiar o de contactos en el ámbito profesional con los que se relaciona a lo largo de su vida, es alguien normal pero la influencia de las redes a-sociales introduce un estrés en las relaciones que nos hace pensar que si no tenemos más de 1.000 “me gusta” en Instagram, más de 1.000 seguidores en Twitter o más de 500 contactos en Linkedin no somos nadie en este mundo. No valemos, no servimos, no somos interesantes para los demás. Las relaciones se convierten así, al amparo de la red, en violentas y superficiales hasta el punto de no poder optar como candidato, por ejemplo, a determinados puestos de trabajo si no estás (y seguramente con altos niveles de contactos o de actividad) en las redes a-sociales. Lo que llaman ahora “ser activo”.
El hombre se ha quedado solo y ha encontrado en las redes a-sociales una forma de relación y amistad que maneja según su interés. No quiero pensar qué hay detrás de todo esto ni quiero caer en hacer valoraciones tremendistas pero es evidente que tras la gran evolución técnica hay una no menos importante involución humana y muchos, muchísimos beneficios económicos para los que están detrás de todo este negocio.
Volviendo a conectar, una noche, aún no sé bien por qué, me hice el perfil de Linkedin y la presión ha sido asfixiante. Parecía (y es así como se puede leer en internet) que el hecho de no estar en las redes a-sociales podía entenderse como un síntoma de desconfianza, como si el no estar dentro fuera porque se quiere ocultar algo. Sólo una sociedad enferma puede llegar a pensar eso de personas que sencillamente no quieren, no les apetece, no saben o no necesitan estar en las redes a-sociales. 
Hay que tener presente que  la mayoría de estas redes han sido concebidas y desarrolladas por personas que no superan a día de hoy los 30 ó 35 años y que son multimillonarios gracias a ello, gracias a nosotros. La relación a través de las redes a-sociales es el resultado y reflejo de una generación que no ha sido educada en el valor de las relaciones humanas, una generación marcada por la era de internet y por la cultura del éxito. Sería interesante hacer un análisis psicológico de Bill Gates o Steve Jobs, ambos nacidos en 1955 y compararlo con Mark Zuckerberg, (1984, creador de Facebook),  Jack Dorsey, (1978, creador de Twitter) o Zaryn Dentzel (1983, creador de Tuenti) y por último Kevin Systro, (1983) fundador de Instagram.  Generaciones diferentes que han hecho cambiar la forma en la que se relacionan los seres del planeta tierra.
Seguramente, dentro de unos años, algunas cosas de las expresadas en este texto sirvan para entender qué ha sucedido y para pensar de nuevo en el valor de las relaciones interpersonales pero hoy, entiendo que una gran mayoría de la gente que lo lea, tildará mis comentarios de anticuados, sesgados, obsoletos, viejunos… pero insisto, hay una cuestión de fondo que no se está teniendo presente (o interesa que no se tenga presente) y está quedando oculta por la atracción que ejercen las redes a-sociales y tarde o temprano el efecto de la desatención a ciertos aspectos comentados aquí se hará patente y entonces será más difícil hacer frente a las consecuencias.
Hace unos años no saber manejar un PC era sinónimo de analfabetismo para una gran parte de la humanidad en los países desarrollados. Hoy no estar en las redes a-sociales es algo parecido. Los niños empiezan a sufrir esta presión desde los 8 años en el colegio. Los compañeros de clase son los que presionan a los alumnos que no tienen un móvil, una cuenta de “Insta” o no usan el Whatsapp para vivir. Es una forma de exclusión no muy calibrada ni contemplada en los centros educativos pero presente en todos ellos. 
El teléfono móvil hace tiempo que dejó de ser una herramienta para hacer y recibir llamadas sin tener que estar en un punto fijo. Hoy es el dispositivo que nos permite relacionarnos con los demás sin necesidad de verlos, ni siquiera de hablar con ellos. Basta un Tuit, un post, un mail, un WhatsApp, un SMS… pero hablar se ha convertido en la última de las opciones porque no tenemos tiempo para eso y además es más caro. Grabamos mensajitos pero no nos llamamos.
Las redes a-sociales están transformando poco a poco la sociedad y no exagero si afirmo que tarde o temprano habrá muchas personas tumbadas en el chaise-longe del psicólogo intentando superar su adicción. Sencillamente no sabrán relacionarse fuera de la red y, lo que hoy se percibe como una necesidad y un valor personal/profesional, el día de mañana se convertirá en una enfermedad moderna para muchos, sobre todo aquellos que no valoren por encima de todo la relación personal con los demás.

© Miguel Ángel Blázquez
Enero 2015
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